Que el automóvil es un insidioso asesino del clima y del
Medio Ambiente no es una novedad. Hace ya veinticinco años
que un ecologista escribiera del automóvil que "en
cuanto sale de la fábrica y se introduce en el medio ambiente
se manifiesta como un agente que ha hecho patógeno el aire
urbano, que ha administrado al cuerpo humano dosis casi tóxicas
de monóxido de carbono y plomo, que ha incrustado partículas
cancerígenas de amianto en los pulmones y lisiado o matado
a muchos miles de hombres anualmente". (15)
Lo que sí es una novedad es que la creciente acumulación
de información científicamente solvente acerca de
ese carácter patógeno del automóvil está
siendo ya asimilada por fracciones crecientes de la población
en los países industrializados. Se multiplican por doquier
las denuncias crudas, enfáticas, tajantes: "El automóvil
ha probado ser la obra concreta de tecnología más
medioambientalmente destructiva de toda la Historia". "Si
hay alguna cosa en nuestra sociedad que sea el enemigo del Medio
Ambiente, esa es el automóvil. La cosa más importante
que cualquiera puede hacer ahora en favor del Medio Ambiente es
dejar de usar su automóvil" (Richard Gilbert)."El
automóvil está probando ser incompatible con la
supervivencia de la humanidad y el bienestar general del planeta.
Destruye con emisiones tóxicas nuestra calidad de vida,
el aire que respiramos, nuestras cosechas y nuestros árboles.
Destruye la capa de ozono. Cada vez que entramos en un coche y
ponemos en marcha el motor estamos poniendo en peligro el futuro
de nuestra familia" (David Suzuki y Anita Gordon).
Insisto: ahora ya no son sólo los ecologistas, furiosos o no, quienes claman contra el automóvil. Un organismo de tan probadamente poco ecologista sensibilidad como el Ministerio español de Obras Públicas y Transportes publicaba hace dos años esta definición: "Un coche medio: 1) pesa más de media tonelada, 2) ocupa casi diez metros cuadrados, 3) emite gran cantidad de ruido y arroja al aire cantidades variadas de contaminantes tales como plomo, óxidos de nitrógeno, monóxido de carbono, etc." (13)
Hay que añadir a lo ahí mencionado como arrojado
al aire por los coches: el ozono de a ras de tierra (producido
por la reacción de los gases con la luz del sol), los hidrocarburos,
el benceno y las partículas minerales. Como hay que añadir,
también como fruto de la combustión de la gasolina
por los automóviles, la emisión de dióxido
de carbono (el archifamoso ceodos CO2). En un año un coche
medio emite a la atmósfera cinco toneladas de dióxido
de carbono. El "ceodos" (CO2) es un gas incoloro e insípido
que se produce al respirar los animales y por la combustión
de todos los hidrocarburos incluidos los combustibles fósiles
y la madera. Es un gas NO tóxico. Y por ello los
centenares de millones de toneladas de dióxido de carbono
emitidas cada año al aire por los automóviles no
suponen emitir algo tóxico. Pero son un peligro cada vez
mayor porque incrementan peligrosamente el efecto invernadero
en la atmósfera, de espeluznantes consecuencias de las
que hablaré aquí después con algún
detalle.
¿Cuáles son las consecuencias de las emisiones al
aire por los automóviles que sí son tóxicas?.
El monóxido de carbono, fatal en dosis altas, afecta al
sistema nervioso y produce desórdenes cardíacos.
El óxido de nitrógeno reduce la función pulmonar
y las defensas, provoca la lluvia ácida y también
contribuye al efecto invernadero. El ozono supone alto
riesgo para los asmáticos. Las partículas minerales
en el aire, que los motores diesel generan en cantidad, provocan
cáncer, enfermedades respiratorias y cardíacas.
El benceno genera cáncer. El plomo afecta al sistema nervioso
y sanguíneo, daña el cerebro de los niños,
caído en tierra entra en la cadena alimenticia. Los hidrocarburos
producen somnolencia, irritación de los ojos, tos, generan
el smog o niebla de ozono. Los cinco litros de aceite que
contiene el cárter de un coche pueden contaminar, tras
ser quemados (lo que es una práctica desdichadamente considerada
en muchos sitios como solución), la misma cantidad de aire
que respira una persona en tres años: 100.000 metros cúbicos.
Si caen a un río, forman una capa aceitosa de hasta cinco
kilómetros. (16)
Hace ya un cuarto de siglo que el estudio del smog de Los Angeles demostró que más de las tres cuartas partes de los hidrocarburos y de los óxidos de nitrógeno expulsados a la atmósfera procedían de los vehículos de motor. Hasta un organismo como el Banco Mundial, que tantas bestiales agresiones contra el Medio Ambiente ha financiado en los últimos cincuenta años, sorprendió a los ecologistas pidiendo este año de 1996 que se abandone la gasolina con plomo por la amenaza que supone a la salud, en especial en los países empobrecidos. (17)
Pero es que la evidencia del problema de la contaminación
por el plomo emitido por los coches y los daños que produce
es ya inesquivable. Un estudio holandés ha atribuido el
87% de las emisiones totales de plomo al transporte por carretera.
Esa tan desgraciada aglomeración metropolitana de México
capital, que ni siquiera se sabe bien si amontona ya 18 ó
20 o 22 millones de personas, padece una espantosa contaminación
de su aire. El 75% de la cual se produce por la circulación
de vehículos de motor que, entre otros daños, provocan
peligrosísimas emisiones de plomo. El organismo de los
niños absorbe más fácilmente los metales
pesados y así sucede la desgracia de que el 87% de los
niños de México capital tienen un nivel de plomo
en la sangre superior al que la OMS considera aceptable. En todo
el mundo son entre 15 y 18 millones de niños los que están
ya ahora absorbiendo plomo que les provocará graves daños
cerebrales.
Como ha sentenciado con su aguda precisión de siempre ese magnífico escritor que es Eduardo Galeano, gracias al automóvil respirar es una peligrosa aventura. Leamos a Galeano: "En nombre de la libertad de empresa, la libertad de circulación y la libertad de consumo, se ha hecho irrespirable el aire urbano. El automóvil no es el único culpable del crimen del aire en el mundo, pero es el que más directamente ataca a los habitantes de las ciudades. Las feroces descargas de plomo que se meten en la sangre y agreden los nervios, el hígado y los huesos, tienen efectos devastadores sobre todo en el Sur del mundo, donde no son obligatorios los catalizadores ni la gasolina sin plomo. Pero en las ciudades de todo el planeta el automóvil genera la mayor parte de los gases que intoxican el aire, enferman los bronquios y los ojos y son sospechosos de cáncer" (18)
A finales de marzo de 1995 se reunió en Madrid el II Congreso
de Ciudades Saludables y Ecológicas con 463 representantes
de 48 países distintos. El Congreso estaba promovido por
la Organización Mundial de la Salud (OMS), por la OCDE
(que agrupa a los países mas industrializados, ricos y
poderosos del planeta) y por el Ayuntamiento de Madrid. La red
de Ciudades autoproclamadas por su vocación Saludables
y Ecológicas está integrada por casi un millar de
ciudades (de las que treinta están en el Estado español).
El Congreso constituyó un continuo repaso, durante cuatro
días, de paquetes de datos y cifras acongojantes sobre
la pérdida de bienestar en las grandes ciudades. De
ese repaso se concluyó que el peor enemigo es el coche.
Según los municipios participantes en ese Congreso está
más que claro que los tres problemas más preocupantes
(tráfico, ruido y contaminación) tienen su origen
en las cuatro ruedas. Ya en la sesión inaugural la
Organización Mundial de la Salud advirtió que hay
actualmente mil doscientos (1.200) millones de personas que respiran
aire cuya contaminación por partículas en suspensión
supera los límites recomendados. (19).
Uno tras otro, sucesivos estudios demuestran que los gases emitidos
por los tubos de escape perjudican gravemente la calidad del aire
que respiramos y achacan al automóvil el 60%, el 70%, el
80% o más de la contaminación atmosférica
de las distintas áreas metropolitanas. Se ha establecido
que el automóvil es el responsable del 60% del total de
la contaminación del aire en la mayoría de la ciudades
de los Estados Unidos. En las que los automóviles emiten
el 69% de todo el plomo, el 70% del monóxido de carbono
y son responsables del 60% del ozono a ras de tierra.
En fin, cada vez son más (aunque todavía sean desesperantemente
pocas y desesperantemente poco eficaces) las personas físicas
y jurídicas que proclaman los hechos comprobados de los
daños de toda índole generados por la fabricación
y el uso de los automóviles. Que van paulatinamente tomando
conciencia de la enormidad, de la bárbara magnitud del
problema que el automóvil supone para la humanidad. Un
problema que se enuncia así:
Los coches, esos monstruos engendrados por el
Capital, no sólo asesinan anualmente a decenas de miles
de personas sino que amenazan ya la vida de miles de millones
de personas.
Lo que realmente convierte el problema en pavoroso es que los
fabricantes de automóviles han tenido éxito en la
tarea de crear en una increíblemente grande parte de la
humanidad una adicción a su producto. Si se tiene en cuenta
que el futuro del planeta está en el otro platillo de la
balanza, no es exagerar sino simplemente decir la verdad afirmar
que la adicción al automóvil es más peligrosaque la adicción a la heroína, la cocaína,
el crack o el tabaco.
Porque no se trata de especulaciones sino de hechos seria, larga, intensa y definitivamente investigados que demuestran que el futuro del planeta está en juego. Y no con el posible desastre a miles de años de distancia sino dentro de los próximos quince, veinte o veinticinco años.
Hay además otros daños generados por el automóvil cuyas consecuencias no son tan próxima, inmediata y urgentemente amenazantes pero que también es inesquivable contemplar. Empezando por el insensato despilfarro que implica.